Murcia, por encima incluso de muchas provincias, se ha visto transformada por el boom inmobiliario. Y lastrada por la feroz especulación del ladrillo, la ciudad, con sus pedanías, ha cambiado de fisionomía, hasta el punto que cada día es más complicado encontrar la famosa huerta murciana, arrasada a costa de zonas residenciales, centros comerciales y campos de golf.
La ciudad, como cada año, se prepara para las celebraciones de semana santa y fiestas de primavera, envuelta en el colorido y el aroma que sólo Murcia sabe transmitir.
Cruzo el centro corriendo. Trapería. La plaza de Belluga y la Catedral. La glorieta de España, rebosante de geranios. El puente de los peligros, el Malecón con olor a barraca y víspera de fiesta. Los nazarenos paseando por la ciudad, la música de las bandas, las peñas huertanas iniciando los preparativos. Y entre el ambiente festivo de día de sábado recién amanecido, me pierdo siguiendo la orilla del río Segura a través de la vía verde que recorre su margen izquierda.
Hoy no es día de tirada larga, como cuando me pierdo por aquí. El cuerpo aún no está para esos trotes. Pero siempre es una suerte disfrutar de este recorrido, más en un espléndido día de primavera, y poco a poco corro por el valle que riega el río y que lo convierte en la tierra fértil de la vega media o la huerta murciana.
No queda demasiado de huerta, pero aún se puede disfrutar. Ojala los próximos años no terminen por erosionar lo que aún queda del origen murciano, aunque desgraciadamente creo que eso no importa demasiado a demasiada gente.
Después de Semana Santa volveremos a las zapatillas. Con unas ganas increíbles. Y con la vista puesta en el murmullo de boda que traerá el mes de mayo y las emociones que nos esperan.




