viernes, 11 de marzo de 2011

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Lago de la Casa de Campo, 10 de marzo 2011


Como siempre, la primavera llega tras el invierno, y mientras un día corres bajo el sol de la tarde te preguntas, - pero… ¡joder! ¡Si ya está floreciendo! ¿Cuándo comenzó esto? -.

La Casa de Campo sigue en su sitio. Los piraguistas siguen paleando en el lago para dar cuerda a la gran ciudad. Los caminos siguen en su sitio esperando nuevas batallas, protegiendo al cerro Garabitas y al teleférico en espera de nuevas guerras.

La primavera va entrando en el calendario.

Poco a poco me voy volviendo a sentir corredor.

Ya ni recordaba la última vez que corrí catorce kilómetros, que corrí algo más de una hora. Ya ni recuerdo como era antes de la llegada de los satélites, y ahora no puedo vivir si ellos.

Vuelvo a la casa de campo. Estamos de vuelta.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Tarde de reencuentro

¡¡¡JODER!!! Han pasado más de 8 meses desde la última vez que corrimos juntos.... ¿Cómo es posible que haya pasado tanto tiempo?.


Era Junio, y Suances fue el lugar de esa última carrera. Ayer fue Madrid testigo de nuestro reencuentro con las zapatillas, con nuestras conversaciones y nuestras risas, nuestros codazos y nuestras zancadas conjuntas. Y cuantas cosas han pasado desde entonces, unas muy buenas y otras muy malas. Por supuesto nos quedamos con las buenas, pero las malas están ahí aunque no las queramos. La vida es así....


Llevábamos más de un mes sin vernos y aunque mantenemos contacto constante, ya tenia ganas de dar un abrazo a Miguel y de compartir con él impresiones y un buen rato de charla. Apenas estuvimos juntos 6 horas, se me hicieron muy cortas, nos hubiera gustado estar más tiempo juntos, pero las circunstancias son las que son y hay que adaptarse a ellas.


La carrerita que hicimos fue sin duda lo de menos a pesar de que era de lo que más ganas teníamos. Fueron 9 kilómetros en algo menos de 50 minutos, claro está y ya lo sabíamos, que no estamos en nuestro mejor momento, ya llegaran más oportunidades que nos encontremos mejor. ¿Las sensaciones? Qué mas da.... Lo importante fue que nos juntamos para correr, para volver a recordar viejos tiempos, para volver a disfrutar con nuestro hobby, para volver a pasar un buen rato corriendo y hablando.


Tras la carrera seguimos aprovechando nuestra tarde lo máximo posible, un paseo hasta recoger la cena y el partido del Barça nos sirve como excusa para compartir mas momentos juntos y continuar con la charla, las risas y los buenos momentos.


Ojala todos tengáis un amigo como el que tengo yo con Miguel, son de esos amigos que sabes que están ahí aunque no hables con ellos. Es ese amigo que sabes que puedes contar, siempre que lo necesites, con él. Nunca te va a fallar, siempre te va a apoyar. Estas deseando verle y compartir un momento con él. Todo lo que diga de él es bueno, nada malo.


Esperamos que no vuelvan a pasar 8 meses para volver a correr juntos y ni un mes para volver a vernos. Pronto queremos volver a vernos, esta vez con Cristina, Candela y Mónica, que también hay muchas ganas de vernos todos juntos.


Esta fue la crónica de nuestro esperado y deseado reencuentro. Estoy seguro que será de esas tardes que no olvidaremos. Son tantas ya las que tenemos para no olvidar.....y estoy seguro que no será la ultima.

martes, 8 de marzo de 2011

Las Torres de la Alhambra


Las Torres de la Alhambra (Fotografía: ABC)
Exposición de esculturas al aire libre. Cristobal Gabarrón.
Parque del Retiro. Hasta el 30 de Abril.


A veces he salido a medianoche, cuando todo estaba silencioso, y me he paseado por todo el edificio. ¡Quién puede hacer justicia a una noche a la luz de la luna en tal clima y tal lugar! La temperatura de una medianoche andaluza en verano es perfectamente etérea. Nos sentimos elevados en una atmósfera más pura; hay serenidad en el alma, optimismo en el espíritu, una elasticidad de ánimo que hace de la mera existencia un placer. El efecto de la luz de la luna, también, en la Alhambra, tiene algo de encantamiento (…).

Washington Irving – Cuentos de la Alhambra
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Cada corredor, como si las rutinas le uniesen a la realidad, tiene sus lugares para correr, sus parques, sus caminos preferidos. Casi siempre, unidos a criterios como cercanía de casa y comodidad, de manera, que el corredor probablemente no entienda el correr sin esos lugares que ha hecho suyos y que conoce palmo a palmo, metro a metro.

Aquí, en Madrid, como en todas las grandes ciudades, el concepto de parque adquiere mucho más significado, y le da a la ciudad una fisonomía distinta, convirtiéndose en lugares para la relajación, el paseo, el disfrute, y que para nosotros, los corredores, se convierten en nuestro hábitat natural, siendo para todos lugares imprescindibles. En Madrid, además, tenemos gran variedad de parques, y siempre es una suerte poder disfrutar de ellos (os recomiendo al respecto la genial guía de parques madrileños de Santi Palillo y sus historias).

En mi caso, como ya he comentado otras ocasiones, tengo la suerte de poder repartir mis salidas a correr entre el parque del Retiro y la Casa de Campo. En invierno, frecuento más el Retiro, mientras que la llegada del buen tiempo y el aumento de horas de luz, siempre van asociadas a carreras más largas por la Casa de Campo, dónde me encanta perderme en esas tiradas más largas.

Estos días, hasta el 30 de abril, correr por el Retiro tiene el encanto añadido de poder descubrir las Torres de Alhambra que componen la exposición al aire libre del artista murciano Cristóbal Gabarrón.

Hoy, Madrid, ha amanecido parcialmente nublado, y aunque el día se ha disfrazado de gris, los alegres colores de las esculturas de Gabarrón destacan con el fondo de finales del invierno. Hoy, además, va a ser una tarde muy especial, y Javi se viene desde Avila para pasar la tarde juntos (mil gracias amigo, eres muy grande).

Aprovecharemos la ocasión para correr de nuevo juntos, que ya llevamos demasiado tiempo separados, y nos perderemos por el Retiro en búsqueda de los ecos de la Alhambra y de aquellos lugares, como el Palacio Cristal, sin los que yo no puedo entender esto del correr.

viernes, 4 de marzo de 2011

La historia del corredor


Fotografía: Portada de "Correr", Jean Echenoz.

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"Un día de septiembre, Harold, médico de profesión, de 32 años de edad, divorciado y sin hijos, natural de Boston pero afincado en Miami tras, precisamente, haberse divorciado y entender que necesitaba un cambio a aires más cálidos, está en su casa de una sola planta desde la que se ve la costa y un mar tan plano que parece mercurio. Juega al tenis con una videoconsola Atari del ´79 conectada a la tele. La pantalla, totalmente negra, un punto cuadrado que hace de bola, y sólo 2 líneas blancas que se mueven de arriba abajo y simulan a cada jugador y su raqueta. Mediodía, la gente duerme o se baña, las persianas bajadas, silencio, y tras cada golpe de raqueta oye el esponjoso doing que le recuerda al latido de un corazón. Desde hace 3.5 años no para de jugar y devorar Corn Flakes con leche. Es la 78567 vez que es vencido por la tele. Se dirige a la cocina a por otro tazón de Corn Flakes, y observa que se le han terminado. Va hasta el garaje, donde guarda, tiradas en una esquina, multitud de cajas de cereales sin abrir entremezcladas con otras vacías. Revuelve esa pila, se sumerge en ella, pero nada. Para su sorpresa, todas están ya consumidas. Metidas a presión en una de esas cajas vacías encuentra sus viejas zapatillas de deporte Converse. Las toma entre sus manos, huelen a musgo, y tras darles un par de vueltas en torno a sus ojos, se las calza, sale al jardín y se pone a correr al trote calle arriba. Lleva un pantalón chino de pinzas, un polo rojo y una cazadora de estilo aviador. Llega la noche y aún no se ha detenido.

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Harold ya ha ascendido por el estado de Florida para entrar en el de Georgia, traspasarlo, llegar al de Alabama y seguir corriendo. Desde que abandonara su casa prefabricada en Miami y el tenis de videoconsola, sólo corre sin haber aún regresado. Únicamente se detiene para dormir; todo lo demás lo hace en marcha. Cada vez que llega a un cruce se decanta por un ramal al azar, y traza así un camino sinuoso que visto en mapa recuerda al de la carcoma en la pata de una cama con forma de continente americano (recientemente, alguien ha señalado su parecido con las circunvalaciones de un cerebro). Pantalón de pinzas chino, polo rojo, cazadora como de aviador y las viejas Converse en los pies. Ningún signo le indica que deba ni seguir ni detenerse, adopta aquella neutra solución del Principio de Inercia que ya postulara Newton: en tanto nada lo impida, toda cosa en movimiento continuará su trayectoria a velocidad constante. (…)

Muy lejos, una pantalla en blanco y negro de televisor acumula esa luz y miles de partidas de tenis ganadas contra sí misma con un esponjoso doing. 3057 km recorridos, y ni un solo recuerdo. (…)

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La videoconsola del ´79 conectada a la tele. La pantalla totalmente negra, un punto cuadrado blanco que hace de bola, 2 líneas verticales que se mueven de arriba abajo y simulan a cada jugador. Silencio de mediodía, la gente duerme o se baña, las persianas bajadas, y tras cada golpe de raqueta se oye un esponjoso doing. Después de haber llegado al mar de Alaska y tener que dar la vuelta tras 5 años corriendo sin descanso, Harold descendió Canadá, entró en USA con su pantalón de pinzas chino, su polo rojo y su cazadora tipo aviador, y el estricto azar de su errática trayectoria aún tardó otros 3 años en llevarlo de nuevo hasta la puerta de su casa. Nadie había entrado. Ni el más mínimo saqueo. Ni una carta en el buzón. Todo intacto. El mar, al fondo, una piel de mercurio, la videoconsola conectada, en la pantalla miles de partidas perdidas. Encargó de nuevo todas las existencias de Corn Flakes con aquella fecha de caducidad porque entendió que ya no podía vivir sin aquel recuerdo, sin aquella huida, sin aquel recuerdo, sin aquella huida. Como quien escuchara el trueno al mismo tiempo que ve su correspondiente relámpago."
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Textos extraídos de Nocilla Experience, Agustín Fernández Mallo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Viajar, inventar lugares


Fotografía: Ted Croner, Taxi, New York Night 1947.


Viajar, perder países.


Viajar, inventar lugares (bis).


El coche, envuelto en el sonido de la trompeta de Chet Baker, avanza por las avenidas esquivando semáforos y atascos en la noche, hasta detenerse en doble fila junto a unos grandes almacenes del centro de la gran ciudad. Desciendo del taxi. A duras penas consigo abrir el paragüas y correr escondido de la lluvia hasta el edificio de enfrente. Hace días recibí una invitación para asistir al XIV Congreso Anual. Nunca había sido invitado, y precisamente llego tarde. En la entrada, junto a la recogida de acreditaciones, leo la lista de conferenciantes, y vuelvo a descubrir que uno de ellos se llama como yo. Dentro, en el salón de actos, una voz similar a la mía rebota en las paredes desde un micrófono tras el cual se esconde alguien con mi mismo nombre, mi misma voz y un parecido físico admirable.

Salgo aturdido y dirijo mis pasos de regreso a casa. El día ha sido largo. Acelero la zancada. Los transeúntes me observan detrás de mi mismo rostro, de mi mismo abrigo. Camino deprisa hasta conseguir llegar al portal, tras el cual me espera la casa en silencio y a oscuras. Me quito los zapatos mojados, el traje empapado, y cansado, recupero las viejas zapatillas de la ventana del baño que da al patio interior.

Corro. Me adentro en el retiro, vacío en una noche de invierno. Tras los árboles, las sombras, movidas por el viento, me dejan ver a lo lejos mi propia sombra, mi misma silueta. Sigo corriendo. Sigo corriendo. La noche deja de llover y comienza a amanecer.

Junto al lago, el trompetista que cada día despierta a la ciudad, me engancha con la gran ciudad como cada mañana de domingo. A lo lejos, al otro lado de la valla, creo ver pasar mi misma silueta. Sigo corriendo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Las azoteas



Fotografía: Karto Gimeno.
Publicada en Revista Kafka, número 9 (Septiembre - Diciembre 2010)


Están los cuerpos que crecen indefinidamente, las parabólicas, las azoteas. Los tejados de la gran ciudad que se extienden sobre el horizonte, los tendederos con la ropa colgada al sol de febrero, los supermercados en las aceras del barrio, las calles que continúan con su rumor, con su tráfico de pasos perdidos.

La ciudad parece ir recobrando su pulso, pero mientras, seguimos metidos en un enorme paréntesis dónde la vida nos demuestra quién es el que manda, y como, cuando más felices nos creemos, todo puede cambiar en cuestión de horas.

Candela, en su pequeño planeta, continúa creciendo. Feliz. Preciosa. Tan tranquila como desde el primer día. Tan encantadora como desde el primer instante.

Las navidades, en cambio, trajeron cambios de planes. Tal y como llegan estas cosas. De un día para otro, sin previo aviso. Y desde entonces caminamos sin guión con el susto de una inesperada y grave enfermedad de mi suegro, aún demasiado joven, esperando alguna señal que traiga algo de luz, mientras nos acostumbramos a vivir con el miedo entre Murcia y Madrid en ese camino que ninguna familia quiere recorrer.

Las semanas, desde hace un par de meses, son viajes de ida y vuelta. Viajes con origen y destino a la gran ciudad, mientras todo sigue girando demasiado deprisa con nosotros en medio del temporal.

Entre viaje y viaje, poco a poco, vamos recobrando el ritmo dentro de lo posible.

El lunes, pude comprobar que el Retiro continúa en su sitio. Ajeno al mar de asfalto que lo rodea. Las zapatillas me devuelven a la calle, quizás para demostrarme que puedo correr más de diez kilómetros, y que en este momento, siendo más imposible que nunca hacer planes, correr es como siempre un estilo de vida, y que semana a semana, iremos encontrando la forma perdida, sin prisas, con mil y una prioridades por delante.

Sobre las azoteas, el anticiclón anticipa una primavera de cielo azul sobre la gran ciudad. Hoy tengo la tarde libre, las zapatillas esperan. Aún no puedo asumir muchos kilómetros, así que, aunque el buen tiempo se solape en mi cabeza con la casa de campo, quizás lo retrase un poco más a cambio del Retiro. Lo importante volverá a ser disfrutar de cada metro, del mundo girando debajo de cada zancada. Aunque sea dentro de un enorme paréntesis.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El día que Buddy Holly murió




Saigón, mierda, aún sigo solo en Saigón. A todas horas creo que voy a despertar de nuevo en la jungla. Cuando estuve en casa durante mi primer permiso, era peor, me despertaba y no había nada (…). Cuando estaba aquí quería estar allí, cuando estaba allí no pensaba en más que en volver a la jungla.

Apocalypse Now – Francis Ford Coppola

Desde 1965 se sabe que el Universo se halla en expansión, ahora se ha descubierto que además se está acelerando, como si a grandes distancias existiera una antigravedad que, en vez de atraerlas, repeliera a las masas. Nadie sabe a que se debe, por lo que esa antigravedad ha sido bautizada con el nombre de Energía Oscura. Lanzar una piedra al aire y que nunca regrese. Un anciano que cuanto más anciano menos arrugas tuviera. La lógica del naufrago y el mensaje en la botella, que se lanza para que no vuelva. Además están los cuerpos que crecen indefinidamente, las parabólicas, las azoteas.

Nocilla Experience – Agustín Fernández Mallo
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La música a todo trapo en las radios de los cadillacs, la jukebox sonando en un diner. Volvemos a abrir la ventana a las Tierras de Itaca. La lluvia sobre la gran ciudad, el retiro y la casa de campo en stand by. Los cientos de kilómetros que aún nos quedan por recorrer.
Ya estamos de vuelta.