lunes, 7 de diciembre de 2009

La estación del silencio


Es posible que Francis Bacon tenga razón y que el silencio sea la virtud de los locos. O que como decía Nietzsche el camino a todas las cosas grandes pase por el silencio. Seguro. Pero también simplemente es posible que el silencio esté ahí, formando parte de nuestros días, siendo una parte importante de nuestras vidas, aunque no siempre reparemos en ello. El silencio, como el que trae un día de invierno con nieve, nos ayuda a pensar, a reflexionar, a convivir con nosotros mismos, a oír el viento, la lluvia o las hojas al caer. El silencio está ahí, quizás siempre como arma para escuchar lo que nunca escuchamos, para ver lo que nunca tenemos tiempo para pararnos a mirar.

Durante el Maratón de Madrid de este año, cuando estuvimos animando en los últimos kilómetros que bordean el parque del Retiro, en la subida en la que la meta ya se siente muy cerca, muchas cosas me impresionaron. El esfuerzo de todos aquellos campeones, las caras de felicidad, los rostros de sufrimiento que encerraban una sonrisa, el ambiente sobrecogedor del kilómetro cuarenta y uno. Pero sobre todo el silencio. Subiendo hasta la Puerta de Alcalá el silencio sobrecogía. El silencio de cientos de corredores atrapados en si mismos y en una carrera. El silencio de los que se saben ganadores y apuran sus últimas zancadas de felicidad y cansancio por partes iguales. El silencio de aquellos que llevan más de tres o cuatro horas encontrándose a si mismos, o perdiéndose entre asfalto y sudor.

Ese día ya sabía que nosotros pronto llegaríamos también a ese punto. Que muy pronto lo viviríamos nosotros. Fue emocionante.

Durante nuestro maratón, en Atenas, muchas veces lo comentamos. El silencio lo llenaba todo. No se oía ni una palabra, ni un ruido. Además un silencio amortiguado por la lluvia y el cielo gris que nos acompañaban hacia Atenas. Silencio tras la salida, silencio durante toda la carrera. Silencio sobre todo en los últimos kilómetros, mas allá del muro, cuando cada corredor vive y lucha contra si mismo. El extraño silencio que se produce cuando además vas rodeado por miles de corredores. Silencio. Silencio.

Nosotros no solemos estar dentro de la mayoría de corredores. No solemos ser unos populares al uso. Siempre lo he pensado. No perdemos ni un día sólo de los marcados en nuestro calendario, pero por ejemplo huimos de series, de pulsómetros y demás artificios. Correr por correr. Por impulsos y sensaciones. Corremos como una parte de la vida. Corremos al igual que reímos, que bailamos, que soñamos, que amamos. Y ahí es dónde nos encontramos a nosotros mismos. Corremos. Disfrutamos del silencio y la soledad que nos acompaña cada día que salimos a correr. Sentimos el silencio que nos rodea en tantas horas de soledad. Y lo disfrutamos. Pero en carrera la cosa es otra. Ahí es nuestro momento de fiesta. Cuando después de tantos kilómetros nos juntamos para correr juntos, para disfrutar. Y ahí el silencio tiene menos cabida. Me quedo con nuestras chorradas, con nuestros chistes fáciles. Me quedo con nuestros aplausos, con nuestros gritos y nuestras risas. Con nuestro no callar ni un momento. Incluso con los ánimos de uno al otro cuando uno de los dos pasa un momento peor. Ventajas de correr en equipo.

Seguramente Bacon tenga razón. El silencio es la virtud de los locos. Me gusta pensar que en lo que hacemos hay algo de locura. Probablemente sea así. Pero el silencio prefiero dejarlo para esos días de rodajes en soledad. El maratón seguirá siendo nuestra fiesta. El momento de celebrar.

Próxima estación, Madrid.

1 comentarios:

Gonzalo Quintana dijo...

Entreno siempre solo, a veces tiradas de 2 horas y media, solo con mi musica, solo con mis pensamientos. No cambio mi soledad, es mi rato diario para mi mismo, lo necesito. Es mi momento de soledad dentro de mi ritual de lo habitual.

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